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miércoles, 2 de mayo de 2012

Estados Unidos-Cuba: obispos pro-muerte, cardenal-agente y autodemolición


Armando F. Valladares

La Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos está presionando al gobierno estadounidense para que éste efectúe la “completa abolición” del embargo comercial y “elimine sistemáticamente” todas las restricciones actualmente existentes contra Cuba comunista. Los obispos alegan que con esos pasos unilaterales  se beneficiaría sobre todo a los cubanos más “simples” y a los más “marginalizados”, se abriría el camino para una "mayor libertad", inclusive religiosa, y se contribuiría a mejorar la situación de los "derechos humanos". Es lo que se afirma en una carta firmada por monseñor Richard E. Pates, presidente del Comité de Justicia Internacional y Paz de la Conferencia de Obispos Estadounidenses, en nombre de sus pares, dirigida a la secretaria de Estado, Sra. Hillary Clinton.

Los obispos católicos exigen que se restablezcan  las relaciones diplomáticas con el régimen comunista de La Habana, sin ponerle a éste absolutamente ninguna condición. Negocio redondo. El régimen saldría enteramente ileso; tendría todo para ganar, nada para perder. Sería una fiesta para los carceleros de La Habana. Por el contrario, en la hora de las condiciones, los obispos se vuelven de una manera implacable contra el gobierno estadounidense y ponen la capitulación diplomática como una condición indispensable para promover las libertades y los derechos humanos en la isla.

Siguiendo el sui generis raciocinio episcopal, si los Estados Unidos no ceden total e incondicionalmente, entonces sería el gobierno estadounidense, y no el régimen castrista, el gran responsable por la continuidad de la opresión y del sufrimiento en Cuba. Se contribuye de esa manera a sacarle el merecido fardo al régimen comunista por la falta total de esas libertades y a colocarlo completamente en las espaldas del gobierno estadounidense.

Los obispos católicos tratan así de transformar lo negro en blanco, y lo blanco en negro. Confunden efecto con causa. Parecen desconocer que el “embargo externo” estadounidense es un efecto, que puede ser discutible, de la indiscutible causa profunda de la tragedia cubana, que es el “embargo interno” que mantiene el régimen comunista desde hace 53 largos años contra los fieles católicos cubanos y contra 11 millones de cubanos de la isla.

Al gobierno estadounidense los obispos le exigen levantar totalmente el embargo externo, y le recriminan sus alegados “efectos dañinos”. Al régimen cubano no se le pide en contrapartida absolutamente ninguna “abolición” y ninguna “eliminación” del andamiaje constitucional, jurídico y policial que asfixia a los habitantes de la isla-cárcel, un andamiaje, ese sí, intrínsecamente "dañino".

La omisión no podía ser más flagrante y el episcopado católico de los Estados Unidos manifiesta de esa manera una increíble condescendencia con el régimen cubano, violador sistemático de todos y cada uno de los derechos de Dios y de los hombres.

Los obispos católicos estadounidenses, que en su país se han manifestado tantas veces contra el aborto, en una clara actitud “pro-vida”, con relación al pueblo cubano indefenso pasan a actuar como activos embajadores “ad hoc” del régimen opresor y, por lo tanto, se colocan en una nítida actitud "pro-muerte" y, por lo tanto, “pro-castrista”.

Casi al mismo tiempo, pocos días después del lamentable documento de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos, el cardenal de La Habana, monseñor Jaime Ortega, pronunció una conferencia en la Universidad de Harvard, en la cual acusó de “antiguos delincuentes comunes”, de “gente sin nivel cultural”, e inclusive “algunos con trastornos psicológicos” a 13 cubanos que días antes de la llegada de Benedicto XVI a Cuba ocuparon la Basílica Menor de la Iglesia de Nuestra Señora de la Caridad, en La Habana. El cardenal acudió a la policía política para desalojarlos. En Harvard juró que “no fueron sacados a la fuerza”, cuando en realidad fueron reducidos por fuerzas especiales del régimen comunistas a golpes y patadas. Y remató diciendo que la ocupación de esa iglesia fue “fraguada en Miami”, en un increíble y gratuito ataque al destierro cubano.

El cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino, arzobispo de La Habana, en realidad dijo en Harvard, algo que un adiestrado y sumiso agente del régimen hubiera dicho. ¿Dónde están las pruebas del cardenal Ortega para tan graves acusaciones contra indefensos opositores cubanos y contra el destierro de Miami? ¿Cuál es la fuente de esas pruebas? Y sobre todo, ¿cuál sería el “crimen”? ¿El hecho de ser opositores al régimen comunista, en defensa de la fe, de los derechos de Dios y de los derechos de los cubanos?  Hemos llegado a una situación asombrosa e inimaginable en materia de servilismo eclesiástico y de cooperación con el régimen comunista.

Como si lo anterior fuera poco, existe algo más grave y más perturbador del punto de vista de los fieles católicos y de la propia perseverancia en la fe. A los ojos de la opinión pública, los obispos “pro-muerte” y un cardenal que objetivamente actúa como si fuera un “agente” del régimen, con sus conductas inexplicables, no parecen sino seguir las orientaciones de S.S. Benedicto XVI y de los más altos personeros de la secretaría de Estado del Vaticano quienes antes, durante y después del reciente viaje papal a Cuba solicitaron el levantamiento del embargo comercial estadounidense. Sí, es lo más grave y lo más perturbador porque los más altos Pastores de la Iglesia católica, a los ojos del rebaño pasan a ser vistos como la punta de lanza diplomática más eficaz para salvar del derrumbe al régimen castrista, a cualquier costo. Aún resuena la advertencia del fallecido arzobispo de Santiago de Cuba, monseñor Pedro Meurice, realizada en 1986: “Nos consideraban una Iglesia de mártires y ahora algunos dicen que somos una Iglesia de traidores”.

Esa situación, y otras similares por las que atraviesa la historia de la Iglesia cubana desde hace décadas, de colaboracionismo con el régimen castrista, parecieran ilustrar palabras de Paulo VI sobre la autodemolición y el humo de Satanás en la Iglesia.

Hace años, en un simposio donde se recordaron los peores crímenes comunistas, oí el dramático caso de un sacerdote de un pueblito del Este europeo, tenido como respetable por todos sus fieles, quien un día, durante una Misa, dijo que en realidad él no creía en la Iglesia, que había perdido la fe y que había adherido a la siniestra “fe” comunista. Comenzó a sacarse sus paramentos, pieza sagrada por pieza sagrada, dejándolas una por una encima del altar, hasta quedarse en ropas civiles. Sus feligreses, atónitos, muchos de ellos llorando desconsolados, de repente se pusieron de pie y comenzaron a rezar y cantar el Credo. Creían y esperaban ellos, según el consejo de San Pablo, contra toda esperanza.

Que la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, fortifique hasta un grado heroico la fe del rebaño cubano, dentro y fuera de Cuba. Y que a todos nos dé fuerzas para que, pese a tantas pruebas espirituales causadas por actitudes desconcertantes de tan altos eclesiásticos, continuemos rezando el Credo y esperando contra toda esperanza, con la certeza de que las puertas del infierno no prevalecerán.

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