martes, 5 de junio de 2012

#SantiagodeCuba #Camaguey #PinardelRio #habana @lajovencuba #CubaVa Samsara


Hoy estoy escribiendo para soltar las iras, porque ésta mañana Agustín ha sido atacado por una turba de gente de aquel vecindario de “El Globo” en Calabazar, de donde conseguí sacarlo a fuerza de amor y comidas calientes.
Ya no vive ahí, ahora vive conmigo. Pero ama ese paraíso perdido entre árboles de mango, chirimoya, matojos de toda clase donde van a libar los zunzunes. Allí esperamos pasar días retirados, escuchando la circulación de la savia fortalecer el latido de nuestra sangre, con la respiración más limpia en todo sentido que la de la ciudad, porque allí hay un poco de la eternidad del crecimiento de las hojas que se burlan de las ambiciones tronchadas indefectiblemente de todos los dictadores de Cuba.
Hace días tuvo un lamentable problema familiar con uno de sus sobrinos y un hijo desnaturalizado y tuvo que volver, a dar el frente a esa situación. Estos dos jóvenes estaban siendo espoleados por el vecino de la cerca contigua, el hijo del último presidente en el barrio de esa aberración en Cuba que son los CDR, que le envidia a Agustín hasta el suelo que pisa, y que codicia ese pedacito de tierra que el Estado tampoco permite poseer de verdad. Esta mañana el cederista ejemplar, quien para acentuar la caracterización, aunque parezca un cliché, se gana la vida fabricando sellitos con imágenes del Che, que luego vende a los turistas (un día habrá que excavar y trabajar seriamente para informar a los cubanos tan desinformados, y al mundo, cuántos, y por qué causas, fueron los fusilados por ese oscuro jacobino Guevara cuando oficiaba de delegado de la muerte en La Cabaña)… ha conducido un gentío barriotero para salirle al paso a Agustín que iba de salida. La madre del cederista, que padece de Lupus y eso añade consideración extra para tratar con ella, fustigada por la envidia que no supo desarraigar de su prole, ha gritado “gusano” y lanzado dos piedras sobre el parabrisas de un carro que conducía Agustín, y lo ha roto. A lo que Agustín, lógicamente, no ha podido responder, y mientras se alejaba escuchaba los gritos del hijo de la señora diciendo que a su madre enferma nadie podría pedirle cuentas.
Ha sido una trampa. Unos segundos antes de la pedrada Agustín le había dicho al promotor que los problemas de los hombres se resuelven sin tanto escándalo y que si quería pelear estaba dispuesto a hacerlo alejados de ese gentío. A lo que el estampador de los sellitos, cobarde y ruin, se negó.
Las autoridades no harán lo correcto, ya estamos acostumbrados. De hecho hubo un capitán de la policía que armó un barullo acerca de que si allí, en el terruño de Agustín, vivía “un hombre de los derechos humanos” había que acabar con eso. Nos reímos de semejante estupidez y no tenemos miedo. Habría que temerles por cobardes y estúpidos que son, pero cuando se tiene esperanza y fe en que no es posible permitir que la dictadura del Estado en Cuba siga intimidándote, restándote, humillándote, abusando de los que llegas a reconocer como hermanos, echas la pelea con esperanza en las leyes del Universo, y en las más profundas del alma humana, que siempre se han impuesto a las de los tiranos. Pero también nos da pena que en nuestro país, cubanos de a pie como nosotros, aunque sean policías, padezcan tal grado de ignorancia que echen por tierra sus propios derechos frente al dictado de una sola “especie” a la que no le conviene el reconocimiento de esos Derechos. Pero es justo decir que en esta ocasión el problema ha surgido sencillamente como en toda la historia revolucionaria: alguien codicia el espacio de otro y pone en marcha los ya oxidados y resquebrajados mecanismos de una sociedad segregacionista, ignorante, ruin, chambona, que da lástima por parecerse más a las bestias los hombres y mujeres fieles a su modelo. Y que en algún momento, como en todo país dirigido por un partido comunista, agravado por la ambición de un espécimen poseedor de un ego que ha pretendido suplantar el lugar de Dios (incluso como arquetipo dado que no fuesen creyentes), consiguió legalizar los actos de repudio a ciudadanos, el pogromo organizado por el Estado, la segregación, la arbitrariedad, la ideología que parcializa la percepción del mundo, de los derechos, de los deberes, y se convirtió en una práctica social todo lo que una sociedad saludable condenaría: ¿Dónde está, en qué cárcel, el revolucionario comunista hijo de puta que atacó con un machete a un opositor al régimen, allá en Oriente, el año pasado? A esos vecinos la Seguridad del Estado los condecora; pero la verdad, ante la ley civil del mundo ¡civilizado! es que lesionó gravemente con violencia extrema a otro ser humano, y debería haber ido a la cárcel por eso.
Nace un sentimiento de revancha enorme: “Mía es la venganza, yo pagaré”. Una necesidad de abrazar una vez más la esperanza: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.
Y una nostalgia tremenda por otra Cuba, una Cuba donde la ley no sea política, ni militar, ni mafiosa, ni caudillista. Cuba convertida en un país civilizado, donde exista la seguridad ciudadana y el respeto por los Derechos Humanos y una Sociedad Civil, con claras nociones de eso que hoy día forma la parte oscura de nuestro vocabulario: derechos civiles. Libertad, libertad, libertad. Responsabilidad, decencia, honestidad, respeto por la ley, paz. Nada de eso hay en Cuba, solo la serie de artificios ideológicos que han pretendido suplantar el significado de las más hermosas palabras que han nacido después de un parto doloroso en nuestra maltratada humanidad. ¿Por qué tengo que seguir llorando la nostalgia por la verdad?

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