lunes, 9 de julio de 2012

Damas Cubanas Donaron sus Joyas a George Washington

ALEIDA DURAN




"El millón que las damas de La Habana dieron a St. Simon para pagar a las tropas puede en verdad ser considerado como los cimientos del edificio sobre el cual que se erigió la independencia norteamericana".

Stephen Bonsal, historiador norteamericano

Poco antes de la batalla de Yorktown, que resultaría la decisiva para la libertad de las Trece Colonias dominadas entonces por los ingleses, y que se convertirían en lo que es hoy Estados Unidos, las arcas de la Revolución independizadora estaban exhaustas. No había dinero para pagar a los soldados que comandaba del general George Washington ni, más grave aún, a los soldados franceses que les ayudaban bajo las órdenes del general Rochambeau. La situación era crítica: las tropas podrían desmoralizarse porque, inclusive, hacía tiempo que no se les abonaban sus salarios.

El almirante francés Francois Joseph Paul De Grasse viajó a Haití, colonia francesa, pero allí no pudo obtener el dinero necesario. Solamente Cuba, colonia de España entonces, disponía de capital. A De Grasse se le esperaba en el escenario de la guerra para bloquear a los ingleses la Bahía de Chesapeake, mientras que las tropas del general Washington lucharían en tierra. De Grasse comisionó al marqués de St. Simon para tratar de obtener la colaboración del Capitán General de Cuba, mariscal Juan Manuel de Cajigal.

St. Simon encontró en La Habana un muro inexpugnable: el crédito de los norteamericanos no era bueno y tampoco el de los franceses. Se sabía que el reinado de Luis XVI de Francia, pasaba por una crítica situación financiera. Además, era dudable que el gobernador colonial de La Habana estuviera facultado para disponer de suma tan elevada del erario público a favor de una escuadra extranjera, aun cuando España estuviera en guerra con los británicos y hubiera estado ayudando a los rebeldes norteamericanos prácticamente desde el principio de la contienda.

Pero el ayudante de campo de Cajigal, nacido en Cuba, era el coronel Francisco de Miranda, nacido en Venezuela y ardiente defensor de la independencia de las Trece Colonias. Su atractiva personalidad y el valor demostrado en el sitio y toma de Panzacola, llevada a cabo por los españoles en su ayuda a los norteamericanos contra los británicos, le habían granjeado muchas simpatías en la naciente sociedad cubana de La Habana y Matanzas.

Miranda contaba con muchos amigos cubanos pudientes, entre ellos, la familia Menocal, emigrada de la Florida, cuando los españoles la canjearon por La Habana, caída poco antes en poder de los británicos.
La reacción de sus amigos cubanos al planteamiento de Miranda de recolectar fondos para pagar a los soldados franceses y norteamericanos fue altamente favorable, sobre todo, entre las damas: los cubanos simpatizaban ampliamente con la libertad de Norteamérica.

Damas de La Habana y Matanzas pusieron manos a la obra: recolectaron dinero, subastaron objetos de valor y, sobre todo, donaron sus valiosas joyas. Es posible (aunque este dato no ha podido comprobarse fehacientemente) que la hacienda de los Menocal, situada en Ceiba Mocha, Matanzas, haya servido como lugar de recolección, o al menos como uno de ellos. El cómputo final fue de un millón doscientas mil libras tornesas, moneda de plata acuñada en Tours, al centro de Francia, y de usual circulación en aquella época.

La escuadra francesa envió a Cuba el veloz velero L'Aigrette, el cual recogió el valioso y pesado cargamento entre La Habana y Matanzas. Al norte de esta última se incorporó un convoy encabezado por el navío Ville de París, equipado con 110 cañones, y pusieron proa rumbo a Virginia.

Debido al peso de aquella plata, fue necesario reforzar los pisos de la casa de Yorktown en donde se depositaron las monedas para pagar a los soldados: 800,000 libras para los franceses y 400,000 para los de Washington. Ya los soldados estaban satisfechos para enfrentar la batalla de Yorktown contra las tropas británicas dirigidas por el general Cornwallis, llevada a efecto entre el 6 y el 19 de octubre de 1781.

El crucial donativo de las damas cubanas ha sido pasado por alto por la mayoría de los historiadores norteamericanos. Como si ese reconocimiento pudiera empañar en algo la heroica gesta del general George Washington.

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