lunes, 5 de agosto de 2013

Crónica del “Maleconazo”, historia de la un felicidad por un día.

Crónica del  “Maleconazo”, historia de la un felicidad por un día. 

Hoy lunes 5 de agosto de 2013, se cumplen diecinueve años del mayor alzamiento popular contra la tiranía castrista. Luego de la cruenta guerra del Escambray y de otras serranías. Escenificadas a lo largo y ancho de la isla de Cuba, durante las décadas del sesenta y setenta del siglo pasado.

Me había tomado varias cervezas junto con mi mujer de entonces, Maribel Begerano Montaner, que se había pasado de tragos como siempre, por su avidez. No sé exactamente que estábamos celebrando. Salvo que era sábado y que el siguiente día sería domingo.

Ella se había tirado a dormir la mona, en profundísimo sueño y yo me encontraba en el ajetreo de los negocios. Esta era una época en la que vender bebidas alcohólicas, producía una millonada, debido a la escases, del sostén de los bebedores.

En horas de la tarde, escuché un ruido ensordecedor, que se agigantaba por minutos. Salí para la calle y al preguntar qué pasaba, me contestó un individuo que corría por la calle Águila, con dirección al malecón habanero;  “ahora sí se formó la grande. El comunismo se acabó. Hay miles de personas tiradas para la calle”. Todavía se escuchaba el eco, por la caída del muro de Berlín.

Retorné corriendo a mi casa, situada como hasta hoy, en la calle Revillagigedo entre Monte y Corrales en la Habana Vieja,  para buscar a mi mujer. Pero no hubo forma de despertarla. Ella tenía dos hijos que vivían en Alamar, uno de diecisiete y otro de catorce años. Mi preocupación era que trataran de venir para la Habana, en busca de su madre y que les pudiera ocurrir algo, en una situación tan convulsa. 

Me di a la tarea de llamar a mi suegra, para que no les permitiera salir de la casa. Pasadas unas horas mi mujer volvió en sí, pero ya yo había recorrido el Prado, parte de Galiano y otras calles de la zona y conocía de varios incidentes ocurridos. Sabía además, que Fidel Castro había estado allí, aunque no le pude ver en el tumulto de sus acólitos.

Tan escondido se encontraba y con  tanto miedo. Rodeado de sus esbirros de la guardia personal y de otros cientos de Oficiales, de la Seguridad del Estado y de las “Brigadas de Respuesta Rápida”, que habían llegado en numerosos ómnibus.

Las brigadas estaban integradas por miembros  del MININT y por un grupo de trabajadores del contingente “Blas Roca”, armados con palos, tubos y cabillas, dispuestos para golpear a los sublevados.  

Supe luego, que le habían lanzado una botella, desde un edificio cercano al  paseo y de las groseras palabras expresadas, por el perro faldero del sátrapa, el inconfesable  Felipe Pérez Roque. De penosa recordación, por su humillante defenestración y por el desprecio de la tiranía, hacía su persona. Merecido se lo tiene, por ser un obstinado lame botas, del tirano. 

Anocheciendo cruzamos el túnel mi mujer y yo. Lo hicimos a lomo  de mi Forever y a bordo de un ciclo-bus. Muy felices por los acontecimientos nos sentamos en el Golfito de Cojimar, a celebrar los acontecimientos. Esta vez,  con sobrados motivos.

Allí nos sorprendió la policía. Inusitadamente  nos registraron, a nosotros y a una jaba llena de ropa sucia, que llevábamos. Nos condujeron a ambos,  ante un general. Nunca había visto un policía con grados de general y él susodicho nos increpaba por estar indocumentados. Ni mi mujer ni yo portábamos carnet de identidad.

Ella porque se le había perdido hacía unos meses y yo, porque nunca me ha parecido lógico y necesario, que deba portarlo. Aun no lo porto nunca, salvo para ingresar a la Sección de Intereses de los Estados Unidos de América, porque me lo exigen los esbirros de control de pase, en la garita de acceso. Estos secuaces son los que trabajan para el gobierno cubano y algunos para la propia Seguridad del Estado, según hemos podido comprobar.

Nos montaron en un Jeep, con bicicleta y todo y nos condujeron hacía un lugar de concentración. Pero alguien conoció a mi esposa, que trabajaba y aun trabaja, en tiendas de ropa y testificó que ella vivía en la zona.

Después, de algo más de dos horas allí, nos dejaron partir, nos habían quitado una botella de ron que portábamos y nos advirtieron que debíamos permanecer dentro de la casa, porque la situación, era de máximo riesgo.

No obstante regresé a la Habana pasadas las tres de la madrugada y vi que el parque de Máximo Gómez, situado sobre el túnel, estaba ocupado por el último grupo de piqueteros que quedaba y que la policía no se atrevía a acercarse, ni desalojarlos del lugar, porque ellos la emprendían a pedradas contra  los agentes  y los patrulleros, a los que tampoco les permitían, entrar ni salir por el túnel.

Todos hablaban del fin de la tiranía con entusiasmo, pero eso era una simple utopía. Los gobernantes no se atrevían a utilizar la fuerza, para evitar que se produjera alguna fatalidad. Una muerte allí, hubiera enardecido a la población. Los rindieron por  cansancio,  hambre y sed y además, por el aislamiento.

Supe luego que a  varios de ellos, les sancionaron a penas cercanas a los diez años de prisión. No recibieron la solidaridad  necesaria de la población. No se hiso  nada por ellos, solo constatar la resistencia que oponían.

Estaban completamente aislados y rodeados por las hordas castristas, en el parque sobre el túnel de la bahía. Vi numerosos jeep, armados con ametralladoras de grueso calibre  y antiaéreas. Camiones con escudos anti-motines, policías y miembros del MINIT en general.

Había fracasado una revuelta, que no pudo ser canalizada, ni organizada y cuya dirección fue disuelta por los miembros de la Seguridad del Estado, infiltrados en los piquetes, que los fueron disociando y desmembrando. Llevándolos por diversas calles y orientándolos a romper vidrieras y saquear tiendas, para desvirtuar el objetivo real de la protesta.

El 5 de agosto del año 2009 y cuando se cumplían quince años de aquellos acontecimientos. Fui arrestado por la llamada Seguridad de Estado a la altura de las calles San Lázaro y Galeano, frente al hotel Deauville. Momentos antes trataba de hacerme una foto con un cartel que rezaba; “1994 quince años”. El objetivo de la foto, era apoyar un artículo que había escrito para la ocasión.

Del área que parecía despoblada, salieron entre doce y quince segurosos, que emergían hasta por debajo de las piedras. Aquel día me lanzaron al suelo ante los vehículos que circulaban por San Lázaro, me golpearon fuertemente, rompiéndome la boca para que no gritara. Me secuestraron durante más de veinticuatro horas, sin que mi familia supiera de mi paradero.

Me robaron una cámara fotográfica Panasonic, regalo de Ángel  De Fana y de los “Plantados”. Me despojaron de una credencial que utilizaba para identificarme como Periodista Independiente, una agenda para tomar notas y me rompieron la ropa. Se apropiaron además, de un sello con las banderas de Cuba y de los Estados Unidos, donde se resalta la hermandad entre nuestros pueblos.

El 5 de agosto de 1994, la alegría duró poco para los que queríamos el cambio. Otros aprovecharon la cobertura para largarse del país, pero los que no lo abandonaremos nunca, quedamos frustrados.

Paso un par de fotos del área donde comenzó el “Maleconazo” el día 5 de agosto de 1994, que tomé este domingo cuatro de agosto de 2013, para evitar incidentes el día cinco y escuchando que ya se encontraban acuartelados los Oficiales de la Seguridad del Estado desde horas de la tarde.

En una pequeña encuesta que realicé en la zona, entre los residentes del lugar, nadie sabía que se aproximaba esa fecha, pero otros  recordaban los acontecimientos, con nitidez.

A decir de un periodista independiente que logró pasar por el lugar, en horas de este mediodía, toda la zona del Malecón estaba tomada por la Seguridad del Estado. Hasta el momento ha habido varias detenciones, entre ellas las del periodista, Pablo Morales Marchan.



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