sábado, 6 de abril de 2013

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Indignados de pega

J. V. Yago

03.04.2013 | 00:56
Soplan vientos de indignación. La indignación irreflexiva y expeditiva es el arma social de moda, y va ganando terreno al diálogo. Es un signo más del empobrecimiento intelectual del siglo. Porque la indignación, hasta no hace mucho, era la primera fase de un proceso que continuaba con el raciocinio y el argumento; era un primer impulso que solía ser elaborado „civilizado„ antes de ser exteriorizado. Ahora, sin embargo, va primando la reacción cruda. Volvemos al atavismo, y el instinto se manifiesta sin el imprescindible condimento especulativo. Todo el mundo está indignado. Todo el mundo pretende conseguir algo mediante la indignación. La calle se ha convertido en una olla de contrariedades, en un hervidero de indignaciones. Pero cuidado, porque, como suele suceder, las hay legítimas e ilegítimas, fundadas e infundadas, honestas y capciosas. Capciosa „capciosa de libro, capciosa paradigmática„ es, por ejemplo, esa indignación repentina, ese acceso de solidaridad, esa fiebre robinhoodiana en que arden las hordas bolcheviques rebautizadas como antidesahucio. Capciosa porque su aversión a los bancos y a los gobernantes no existía en tiempos de Zapatero, cuando el procedimiento judicial contra los insolventes era tan cruel como ahora. De modo que su indignación es pura demagogia, puro disfraz de otras ojerizas más elementales y más antiguas.

Y en cuanto a indignaciones infundadas, no se hallará muestra más ilustrativa que la fantasmagórica irritación de los docentes interinos, que claman contra unos despidos que no existen, defienden unas plazas que nunca ganaron, y quieren ver antigüedad y mérito donde sólo hay sustituciones. El interino español „sobre todo el de larga duración„ quiere prestidigitar su circunstancia, confundir su condición suplente con un funcionariado en propiedad, y se viste de indignado, aunque no haya fundamento, para ver si cuela. Pero no: la evidencia de su estado eventual es tanta que no hay artificio que baste a ocultarla. Como puede verse, la indignación ha devenido excusa, coartada, subterfugio, mera sobreactuación falaz de quienes carecen de premisas válidas para defender sus propósitos; una manera de ser antidemocrático sin parecerlo; un palmito decoroso para unas intenciones arteras; una perversión lingüística; una táctica; una triquiñuela social de consecuencias imprevisibles. De todo menos indignación.

Los falsos indignados perjudican a los verdaderos. Menoscaban, con su impostura, la nobleza del honesto enojo; contaminan una realidad a la que no pertenecen. Son indignados de pega, rémoras de auténticas reivindicaciones. No demos crédito, pues, a todas las indignaciones. Pasémoslas primero por la piedra de toque del sentido común; atisbemos por debajo de la tramoya; palpemos la hilaza y descubramos el tocomocho.

Tanto indignado es indignante.

http://www.levante-emv.com/opinion/2013/04/03/indignados-pega/986626.html

1 comentarios:

  1. Muy buen artículo, sí señor. Hace falta pensamiento independiente como éste.

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