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martes, 16 de febrero de 2021

"Cuba" ARRETAGUÁ

 

Puede ser una imagen en blanco y negro de niños y de pie

Ines Casal ARRETAGUÁ Yo tenía apenas 11 años el 1 de enero de 1959. Para tener una idea de la ingenuidad y la alegría con las cuales mis amiguitas y yo disfrutábamos de esos primeros años de algarabía y esperanzas, baste decir que en fecha tan temprana como mediados de 1960, luego que se fundaran las Milicias Revolucionarias, cinco niñas, entre las que estábamos mi hermana más pequeña y yo, creamos un "pelotón de soldados", que fue bautizado por el padre de una de ellas con el nombre de "Arretaguá", por las veces que repetíamos esa palabra, mientras aprendíamos a marchar todas las tardes en nuestra cuadra, al regreso del colegio. Hoy puede parecer un sinsentido, entonces era para nosotras una aventura deliciosa. El cielo se abrió para muchos y la convicción de que íbamos a construir una Patria "con todos y para el bien de todos" fue ganando terreno en el corazón de los cubanos buenos. Como dice Lichi en su memorable libro Informe contra mí mismo: "La mayoría creyó en lo que hizo. De corazón. A conciencia... Los persuadieron o nos convencimos: en este caso, el sujeto omitido resulta insignificante." Durante demasiado tiempo, mientras entregábamos todas nuestras energías, todo nuestro sacrificio, todo nuestro amor a la construcción de un futuro mejor para nuestros hijos, mientras plantábamos árboles, sembrábamos hortalizas, recogíamos cebollas, desyerbábamos campos de papas, paleábamos arena, pintábamos techos, menstruábamos en campamentos, cortábamos caña, hacíamos guardias cederistas y obrero-estudiantiles... nos cansamos de escuchar las mismas respuestas a nuestras inquietudes: "tienes razón, pero no es el momento oportuno", "tienes razón, pero este no es el canal establecido", "tienes razón, pero no podemos hacerle el juego al enemigo", "cumplamos la tarea y luego la discutimos". Hasta que un día comprendimos que en boca cerrada no entran moscas, y el miedo nos secó la lengua y el corazón. Y entonces aprendimos a decir sí cuando queríamos decir no, a decir no cuando debimos decir sí y, lo que es peor, enseñamos a nuestros hijos a ocultar sus pensamientos, a mentir, a callarse, a aceptar injusticias... Todo –pensábamos– por seguir defendiendo nuestra soberanía ante un enemigo que siempre buscaba cualquier signo de debilidad, de división, para derrocarnos. Mientras, el odio, la intransigencia y la intolerancia fue ganando terreno entre nosotros y vino la división que tanto nos asustaba, pero no por culpa de un enemigo externo, sino porque cualquier criterio, opinión, palabra, imagen, poesía, canción, pintura, caricatura, broma, chiste... considerada "ideológicamente incorrecta", viniera de quién viniera, estaba destinada a tratar de acabar con la Revolución y estaba alentada, pagada o subvencionada por el enemigo. Y comprendimos que ya no era "con todos y para el bien de todos", sino "la calle es de los revolucionarios, el país es de los revolucionarios", "dentro de la Revolución, ¡todo!; fuera de la Revolución, ¡nada!" Primero se marcharon los "débiles", los "lumpens", los que no querían luchar junto al pueblo por un futuro mejor (¡Pin pon, fuera, abajo la gusanera!), donde estaban nuestros padres, nuestros tíos, nuestros vecinos, nuestros primos, nuestros amigos... Y siguieron marchándose los "apátridas", la "escoria", que no eran más que nuestros hermanos, nuestros colegas de estudio y trabajo... (¡Qué se vayan, qué se vayan!). Y empezaron a emigrar nuestros hijos, dejando detrás a sus padres, a sus abuelos, sus sueños, sus esperanzas... (¡Traidores, traidores!). Y nos acostumbramos a querer a nuestros familiares y amigos en secreto, sin marcarnos demasiado. Y nos acostumbramos a extrañar a nuestros hijos, pero con alivio; nos acostumbramos a vivir con el dolor alojado en el lado izquierdo de nuestro pecho, pensando día y noche cómo estaban, si sentían frío o hambre, qué miedos los visitaban, qué pesadillas los despertaban... ¡y nosotros tan lejos, sin poder susurrarles al oído: "Calma, todo se arreglará"! Y le seguimos pidiendo a nuestros hijos, no importa dónde estuvieran, que mejor se quedaran callados, porque nos aterraba pensar que los etiquetaran de conflictivos, que los acusaran de tener problemas ideológicos o que los "regularan" y no pudiéramos volver a verlos. Es difícil, para las generaciones más jóvenes, entender a esta generación que yo represento. Para algunos, soy simplemente un producto de mis decisiones incorrectas y me merezco todo lo que siento hoy. No los culpo, imagino las penas que pueden cargar, y ellos también son víctimas de la intolerancia que aprendieron por años. Para otros, soy una traidora y sólo merezco desprecio y odio. Tampoco a estos los juzgo. Y no, no me arrepiento de haber entregado toda mi juventud y mis fuerzas al servicio de mi Patria, porque lo hice desde el Amor y al lado de gente maravillosa. De todas formas, un arrepentimiento, a estas alturas, sería tan inútil como ingenuo. Me reconforta —eso sí– recordar, con inmenso cariño, a los amigos que, durante esas largas jornadas de trabajo y sacrificio, conocí y disfruté. ¿Cómo voy a olvidar lo que representaba una malta tibia luego de un día de sol y cansancio? ¿Cómo no recordar que las molestias y los dolores, luego de un día agotador, se olvidaban con las canciones y las risas; que las noches de insomnio, por el frío o el ruido de los ratones, se aliviaban por las bromas y los chistes; que mientras no tenía el remedio siempre pronto de mi madre, ante una fiebre o una tristeza, contaba con las manos o los hombros de los amigos? Y no, no me siento traidora. No soy yo quien ha traicionado nada. No me siento como Judas Iscariote, si acaso sí como Judas Tomás Dídimo. Yo no tengo ni fe ciega, ni confianza absoluta. Yo tengo que ver para creer. Y ya he visto demasiado.