domingo, 19 de febrero de 2012

Los cubanos: ¿Emigrados o Exiliados?


Esas dos palabras han dividido las dos orillas que se miran y dividen, Cuba y la Florida. Conceptualmente el que emigra deja por voluntad propia su país para establecerse en otro, y aunque permanezca lejos de él, no renuncia a la posibilidad del regreso. Al exiliado lo echa de su tierra una voluntad ajena o una voluntad imperiosa, y no puede volver a su patria por propia decisión, o sin someterse a degradantes limitaciones.

Visto así, de concepto a concepto, todo parece simple, fácil, quirúrgicamente delimitado. Pero desgraciadamente en un régimen que ha explotado todas las miserias humanas con fines demagógicos, no es así. Los procesos políticos no entienden de delimitaciones fáciles, ni de intervenciones quirúrgicas limpias: todo se mezcla, se manipula, y el origen del ayer es el principio del mañana.

Es curioso, por ejemplo, revisar los antecedentes históricos del exilio. Así vemos como en la antigua Roma no se exiliaba a nadie, pero se les prohibía el uso del agua y del fuego al condenado, por lo que a la larga tenía que abandonar el país. ¡Cuan moderno se torna este concepto en la Cuba actual!

 Así muchos emigran hoy por el hambre y las injusticias que sus gobiernos los someten. Entonces, ¿es eso un simple emigrar o un exilio forzoso?

Algunos sociólogos explican que al emigrante lo aleja de su tierra la esperanza y al exiliado la fuerza; mira el uno hacia delante por la promesa de algo nuevo y mejor, pero los ojos del otro siempre están atrás, no se arrancan fáciles de su lugar de origen. Explican que el emigrante gusta de confundirse con el nativo, adaptarse al nuevo ambiente y olvidar; el exiliado aunque el que lo hospeda lo respete, lo tiene en menos aprecio.

¿Es eso cierto? ¿Cuánto hay de mitología y de falsas delimitaciones sicológicas y sociológicas?
Para estos sociólogos de buro hay en la casa del exiliado un luto escondido, una añoranza, una cruda rebeldía que no siempre perdona el huésped que lo acoge. ¿Es que no lo hay en la que emigra también?

 Cuando la nacionalidad es fuerte, las costumbres están arraigadas en el corazón y no en el cerebro, cuando hasta los olores componen células de nuestra historia personal, nada nos abandona. Y esto es lo que pienso yo, no los sicólogos ni la sociología que estudia estos fenómenos. Yo vivo en Canadá, y soy feliz, nada me falta y la familia vive el ritmo normal de la vida. Pero mi país es mi historia y con ella cargo por el resto de mi vida, viva donde viva, porque soy cubano, y las fronteras geográficas, ni políticas, delimitan mi pertenencia.

Martí, por ejemplo, que siempre ha sido nuestra referencia más auténtica, prefirió siempre usar el término más común, el de emigrado. En 1880, en su primer discurso al llegar a los Estados Unidos, llama a quienes los escuchan “emigrados buenos”. Importante aclarar: no pregunta sobre concepciones filosóficas personales, ni sobre pensamientos políticos, ni fe religiosa, habla de “emigrados buenos”. Se iguala a sí mismo con la gran masa que lo escucha y él, el Delegado, es un emigrado mas como cualquier otro. Detalle importante, en su última carta a Manuel Mercado habla de la autoridad que la emigración le había confiado para dirigir los destinos de Cuba. Y es su Carta-Testamento antes de morir.

Es solo para darle más dramatismo al vivir por la fuerza en el extranjero que el Apóstol recurre a la palabra correcta: destierro.

¿Qué hemos sufrido los cubanos en los últimos 53 años?

No hay fórmula fácil. No podemos incluso usar la referencia del Apóstol porque las aguas sucias de la política castrista ha enturbiado los conceptos.

Si los que hemos salido de nuestro país, por nuestro propio deseo, somos emigrantes: ¿por qué entonces tenemos que pedir permiso para entrar de visita a lo que es de hecho nuestro? ¿Por qué tenemos que pagar una pegatina cada dos años en nuestro pasaporte?

Y por otra parte, si los que hemos salido de Cuba, también por nuestros propios deseos, lo hemos hecho como los condenados de Roma: porque se nos prohibía “el agua y el fuego”, ¿es eso emigración? ¿O es exilio?

La sola imposición de un permiso de fronteras para el cubano que vive en algún otro lugar fuera de las fronteras físicas de nuestro país, implica una condición de exclusividad política que no es automáticamente inclusiva, que requiere validación política de un gobierno. ¿Es eso emigración?

Si usted no puede conseguir con el fruto honrado de su trabajo la manutención de su familia, no tener un techo decente donde vivir, un futuro para sus hijos y un trabajo decoroso sin cuestionamientos políticos y tiene que abandonar, “voluntariamente”, el país ¿es eso emigración o exilio?

Hay un componente político que trasciende el límite económico de su huida. Usted no puede permanecer en el país porque su salario no le alcanza para mantener su hogar y su familia. Su techo antes de abandonar el país es expropiado y no se le retribuye un centavo. Sus propiedades no las puede vender libremente. Y olvídese aquí de las nuevas “reformas”, porque la cadena de permisos, regulaciones y trucos sigue vigente, si no es que se ha hecho aun más larga.

Los cubanos que con mansedumbre acatan el término emigración se olvidan que tienen que pagar un precio alto para visitar lo que por derecho también es suyo: su Patria. Nadie se la puede quitar, por lo que nadie debería cobrarle nada por entrar a ella. Y el retorno nunca debería ser cuestionado o estar encadenado a un permiso de retorno.

Y es aquí donde con claridad meridiana, y estoy muy seguro de eso, Martí volvería a utilizar la palabra exiliado para todos nosotros. Y olvidemos todos de nostalgias y luto escondido. Los cubanos tenemos una idiosincrasia fuerte que es imposible arrancarla. Y lo que llevamos por el mundo como un estandarte es nuestra eterna pertenencia a una isla que siempre estará con nosotros.

Yo salí de mi país, Cuba, a través del mecanismo legal que las arbitrarias leyes nacionales establecen. Y esas mismas arbitrarias leyes me imponen para entrar arbitrarias medidas de pago, control y vigilancia. Por lo tanto, soy un exiliado político. Mi pasaporte guarda una pegatina que me avala para entrar… ahora. ¿Y mañana?

Cada vez que se acude a un consulado, una embajada cubana para pagar y que le entreguen o no su permiso de viajar, se le está recordando a usted mismo que está bajo vigilancia, que depende de su conducta tranquila, callada, sumisa, el poder volver entrar al país al cual pertenece. Y NADIE tiene derecho a cuestionar su entrada, su pensamiento personal, ni su filiación política.

Y así, en este rompecabezas, se olvida la frase fundamental de nuestro Apóstol: La Patria es de Todos. Así, de sencillo, sin ningún apellido. De TODOS.

Significa que no debe haber ninguna pegatina en el pasaporte que es su derecho tener, y que nadie puede cuestionar su retorno en las condiciones que usted quiera, y en el tiempo que usted mismo estime.

Es así de sencillo.

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